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ARMANDO VILLANUEVA DEL CAMPO EN MIS RECUERDOS

 

El recuerdo más lejano que tengo de Armando se remonta a mi niñez en el Club Regatas. Metido en un corrillo de viejos a los que le llegaba a la cintura. Lo escuché comentando acerca de la censura a un ministro de la época. Confieso que me asustó su voz y me llamó la atención que, con el cuerpo echado atrás y no obstante tener las manos en el bolsillo, desafiara al hablar. Años después, ganado por la política y el periodismo, metido en la bohemia, inmanejable e ingobernable, me llamó por teléfono y me citó para el siguiente día en Alfonso Ugarte.

Perdidas las esperanzas, creo que fue Nicanor Mujica-mi padrino-quien le arrimó el bulto a Armando, a ver si podía disciplinar a este muchacho descarriado. Esa noche en la cafetería del partido hablamos de aprismo, marxismo y de la revolución, y en algún momento, iluso yo, pensando que había salvado el pellejo, me cuadró y me dijo que tenía el derecho y la obligación de hacer política, honesta y leal, pero disciplinada y organizada; y que el partido en esencia era eso, una sana juventud rebelde, y la suma de muchos sacrificios personales alineados bajo un solo ideal.

No hizo referencia alguna a mis andadas, solo me miró -aunque sería más exacto decir que me fulminó- y sin mediar palabra alguna me apuntó con ese, su dedo demoledor, con el que sentenciaba. Años después recordando esa catilinaria soltamos la carcajada, imaginando mi cara de susto. Tiempo después, a la muerte de Víctor Raúl, no obstante, mi posición dentro del partido, arrimándole el bulto esta vez a Nicanor, me convocó a La Tribuna para la campaña del 80. No era casual. Mi abuelo, Bernardo García Oquendo, entrañable amigo de Armando y Nico, junto a Manolo Seoane, había sido uno de sus fundadores aquel 16 de mayo de 1931.

Fue además de un sutil gesto, un recordarme aquella conversación y mis orígenes. Armando nunca envejeció, siempre fue un muchacho, lúdico, palomilla y rebelde hasta el último día de sus 97 años. Fuerte de cuerpo, mente y espíritu, desarrolló en la adversidad la disciplina espartana del guerrero sin perder nunca la ternura de hijo, esposo, padre y compañero. Autodidacta, aprovechó al máximo su juventud para estudiar. Fue voraz lector y versado conversador en infinidad de temas. Implacable defensor del partido, de su unidad y de la lealtad debida. Este retrato heroico, y duro hay que reconocerlo, es el que perdura en el imaginario, desplazando, hay que decirlo también, aquel otro, el del hombre afable y risueño que fue mi amigo. No creo por tanto que haya necesidad de explicar por qué me honra- y nobleza obliga, me ata una vieja deuda de honor-de pertenecer a la fundación que perpetúa su memoria y su ejemplo. Sin embargo, no soy la persona más indicada para comentar sobre LOS INICIOS y lo que Armando hubiera opinado sobre este libro. Solo decir que mientras le daba forma, fueron muchas las madrugadas en las que retomábamos la tertulia, con agrias discusiones, groserías de callejón y peleas incluidas; y al culminar su edición, un par de años después, recién acusé golpe y sentí su partida. Pero si, creo que le hubiese gustado.

 

Javier Landázuri García

Director De Ediciones y Publicaciones

 

Fundación AVC

 

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